Rompiendo la historia.

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Algo que debería aprender el hincha (y los programas de TV): respeto ante el rival derrotado. Después de todo, es deporte y no una guerra.

El entusiasmo por el partido que se jugó ayer, se notaba desde el mismo día en que la selección chilena venció a Australia. Y es que después del 3 – 1 a favor, empezó el optimismo exacerbado en el hincha chileno. Yo desde hace mucho que trato de no ser así, lo que no significa que no estuviera optimista. Razones sobraban. España había perdido casi de forma tenística contra su rival en la final de hace 4 años y no venía con la moral muy alta. Ciertamente no había que confiarse pero en varias conversaciones con amigos y familia, comenté que este partido era ganable. La furia roja no venía bien. Se notaba a leguas que quedaron shockeados al ser vapuleados de esa manera y si bien venían heridos, su forma de juego no iba a cambiar (a mas iban a intentar abrir la cancha). Por esa razón Chile tenía que aprovechar el momento, sin confiarse pero pensando en el triunfo. Y en romper la historia.

 

El partido empezó nerviosísimo, al menos para mí. España empezó con su eterno juego de posesión pero sin profundidad. Sampaoli entendió lo que Bielsa no hace 4 años: cortar los circuitos de avance. España en su “tiki taka” tiene algo muy básico: cuando un jugador tiene el balón, por lo general tiene 2 o 3 opciones de pase. Chile marcó perfectamente en zona cortando esas opciones. Salvo un par de errores de Aránguiz y Díaz en la entrega (al primero se le perdona por su participación en los goles) no se pasaron muchas zozobras. El resultado hizo justicia a lo que se veía en cancha. Un Chile con más físico, sin nada que perder pero mucho por ganar, contra una España que se jugaba su prestigio (ganado con justicia después de varios triunfos desde 2008), la efectividad de su estilo de juego y el valor agregado que le da a su liga, sin contar con el intentar dar una alegría a sus alicaídos conciudadanos, abrumados por la crisis financiera que aun sacude a su país.

Alguien dijo por ahí que Chile enterró toda esperanza de España cuando se entonaron los himnos. Sinceramente era más que admirable escuchar en el mítico Maracaná (Estadio que hace 25 años fue escenario de algo que no queremos recordar los que lo vimos) como poco más de 30 mil gargantas coreaban el himno chileno. Éramos locales y quedó demostrado. Para cualquier equipo eso de tener el público en contra ya es algo que empieza a desmoralizar. Luego en el partido, los ibéricos nunca encontraron su fórmula. Casillas demostró que no importan el pasado y los años de gloria. Un condoro y nadie se acordará (pensé que eso solo pasaba en Chile pero me equivoqué) de todo lo que hiciste. Lo peor es que era el capitán y si este no está en su día, no puede tomar el timón del barco y sacarlo del camino al roquerío. En el segundo tiempo la desazón española se notaba mucho más que en la primera parte (con las anotaciones). En vez de salir a buscar y luchar, se quedaron sin ideas, sin rumbo, sin tranquilidad. Desesperados por intentar remontar se encontraron con algo que ya se preveía: No tenían profundidad. Perfeccionaron tanto su juego de toque que olvidaron como hacer un contragolpe (conté 3 opciones claras en el segundo tiempo) y los intentos de pase largo terminaban en saque desde el arco del gran Claudio Bravo. Solo Iniesta, ese crack que fue puntal en el torneo anterior, se intentaba poner el equipo al hombro. Dio un pase magistral a Diego Costa que pudo ser gol y tiro desde afuera exigiendo a Bravo. Fue el que más afectado se vio y con razón. Si nadie te apoya, difícil poder hacer algo.

Mención aparte ha sido Claudio Bravo, el capitán de nuestra selección. No hace mucho cuestionado y que muchos querían que cierto innombrable lo reemplazara bajo los 3 palos, necesitaba un partido como el que tuvo. Le conté 4 tapadas que valen un gol, en especial la primera ante un remate en área chica de Xabi Alonso o la ya mencionada del tiro de Iniesta. Se mostró concentrado, seguro en los centros y en el despeje con los pies, a pesar de las piedras calientes que le tiraban a veces sus propios zagueros. En el primer gol, luego de celebrarlo con Medel, pidió calma. Sabía que no había que exaltarse. El 2 – 0, lo ayudó a descomprimir ese grito que tenía en su garganta hace 4 años. Un partido redondo, demostrando que, a pesar de los malos momentos, de las anti campañas que incluso algunos medios le hacen, sigue superándose a sí mismo. Gritó todo, ordenó a su defensa y arengó a sus compañeros cuando era necesario. Un capitán de verdad, que ya se probó en los malos momentos. Ahora le toca disfrutar.

No creo que sea necesario hacer un análisis más profundo de todo el juego, habiendo tantos. Solo decir que después de esto ya nada será igual. Por primera vez en 100 años Chile le gana a España lo que no es menor, pero con el plus de que fue en un Mundial, jugando bien y siendo ellos los campeones mundiales vigentes. Es más dejándolos fuera en el segundo partido. Lecciones a aprender de esto, no más chaqueterismo. Ciertamente caemos mucho en eso. Tampoco debemos confiarnos, ya que a pesar de este triunfo es importante, aún no hemos ganado nada. La soberbia es algo innato en nuestra “raza”. Cuando manejemos eso, seguro llegaremos más lejos.

Aun así, a pesar de todo esto, podemos decir que ya no hay miedo de mufa. Independiente de cómo nos vaya en lo que resta de mundial, Chile sinceramente está metiendo miedo. Y no solo eso. Se ve confianza en el porvenir. Sobre España decir que debemos reconocer que sus logros no son fruto del azar si no del trabajo, confianza y convicción de que podían. No es nuevo. Desde los JJ.OO de 1992 que no solo el fútbol, si no que el deporte en general, ha progresado mucho. Quizás lo único que ha logrado librar en parte, los efectos de la crisis que viven. No es un fracaso, solo un traspié. Nosotros acá en vez de ensoberbecernos, deberíamos tomar su ejemplo de planificación.

Es todo. Ahora sigamos disfrutando del Mundial. Salvamos el grupo mas difícil, jugando bien y con convicción. Puede que no solo sea un veranito de San Juan, si no el real comienzo de algo bueno.

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